- ¿Cuánto es?
- 10 €
Fueron las primeras palabras que pronuncié aquel día. Acababa de levantarme y, en consecuencia, estaba despeinada y tenía marcas de almohada en la cara, pero no tuve más remedio que responder a la llamada del simpático repartidor que siempre me traía la compra a casa.
Rápidamente guardé las compras y me apresuré a pegarme la ducha que tanto ansiaba. La noche anterior había sido de esas que te recuerdan durante toda una vida, pero yo apenas la recordaba, sólo sabía, por el inconfundible dolor de cabeza característico de la resaca, que había bebido demasiado. Todo lo demás era una incógnita. Pero pronto rellenaría los huecos, al volver a la habitación comprobé que el bulto de mi cama no era sólo un amasijo de sábanas y edredones, allí había alguien durmiendo.
Debo reconocer que me daba miedo levantar la sábana, me daba miedo saber quién sería quien allí descansaba del ajetreo de la noche. Por ello me fui directa a la cocina a desayunar, y ya descubriría el misterio más tarde.
El teléfono sonó, era Lucía. Ella también se había levantado hacía nada, y recordaba más bien poco, no me sirvió de gran ayuda con mis lagunas, y supongo que yo tampoco le ayudé demasiado con las suyas. Le conté que había alguien bajo mis sábanas, pero ni entre las dos pudimos encontrar un nombre. Quedamos para tomar un café más tarde, cuando la resaca amainara, y hablar las cosas con tranquilidad, por si alguna de las dos descubría algo más.
Por fin reuní el valor suficiente para acercarme a la cama y descubrir la misteriosa cara de quien allí se encontraba, y cuál fue mi sorpresa al comprobar que no le conocía de nada. Al fin pude respirar tranquila. El miedo a encontrarme a algún conocido y tener que enfrentarme a él era terrible, pero su cara no me sonaba de nada y ya sólo quedaba saber de dónde había salido aquel ángel caído del cielo. Sí, no podía ser otra cosa que un ángel, con aquella carita de niño y ese cuerpo perfectamente esculpido...
Le dejé dormir un rato más, mientras hacía la colada y recogía los cacharros del lavavajillas, pero esperaba impaciente a que se levantara y me ayudase a recordar algo más. De repente me di cuenta de que ni siquiera sabía su nombre, pensé que le podía hacer sentir mal si sabía que no me acordaba de nada, así que fui directa a coger la cartera de su pantalón. Estaba abultada, parecía llevar mucha carga de dinero “¿Miro o no miro?” Pregunta estúpida, todos sabemos que no me podría resistir a mirar, y estaba en lo cierto, llevaba una cantidad sorprendente de dinero ¡Punto para mi! Me acababa de ligar un niño guapo y con dinero, aunque seguramente no sería ninguna lumbrera.
Tras debatir lo ético de mis pensamientos durante un rato cogí su DNI para, por fin, averiguar su nombre. “Adrian Fernandez”. Le miré, seguía durmiendo (más me valía si no quería que me viera hurgar en sus cosas) “Así que te llamas Adrian... Adrian...” Recuerdo un niño de mi escuela con ese nombre, se pasaba la vida entre libros, aunque no tenía la pinta del típico empollón con gafas de pasta y ortodoncia.
Me tiré en el sofá, aburrida, inventando ruidos accidentales para ver si lograba despertarle, pero no surtió efecto, hasta que me levanté y tiré el jarrón de mi madre “Genial -pensé- media hora haciendo ruidos sin resultado y voy y tiro el jarrón, seguro que al verme recogiendo piensa que soy una torpe, y no se equivocaría...”
Y ahí estaba él, mirándome extrañado desde la puerta del salón, vestido sólo con sus boxer azules, vale... es mentira, se había puesto la camiseta y el pantalón, pero ¿a que habría estado mejor sólo en calzoncillos?